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La Organización Internacional del Trabajo (OIT) advierte, desde 1973, a través de su Convenio 138, que “la edad mínima (para emplear a una persona)... no deberá ser inferior a la edad en que cesa la obligación escolar o, en todo caso, a quince años”.
En Argentina, la Comisión Nacional para la Erradicación del Trabajo Infantil (CONAETI), que depende del Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social (MTEySS) de la Nación, extiende la edad y define que el trabajo infantil es "toda actividad económica y/o estrategia de supervivencia, remunerada o no, realizada por niñas y niños, por debajo de la edad mínima de admisión al empleo o trabajo, o que no han finalizado la escolaridad obligatoria o que no han cumplido los 18 años si se trata de trabajo peligroso”.
Lo cierto es que, ya sea como respuesta a la pobreza y a la necesidad de ayudar con el ingreso familiar; o debido a patrones culturales, como sucede en las comunidades aborígenes o en ciertas localidades del Interior del país, donde se aprecia que el niño o la niña acompañe a sus padres en la jornada laboral para “aprender el oficio”, el temprano ingreso de los chicos al mundo de los adultos, a través del trabajo, es una problemática que preocupa cada vez más, a nivel mundial, porque es una de las principales causas de la deserción escolar y, por ende, un serio impedimento para el desarrollo sustentable de una nación y, especialmente, de sus generaciones futuras.
“El trabajo infantil es una lacra que conculca derechos esenciales de la infancia; es socialmente injusto, moralmente inaceptable y además termina frenando o haciendo insostenible el desarrollo socio-económico”, afirmó el presidente de Telefónica, César Alierta, el 4 de junio pasado, en un megaevento que reunió a artistas e intelectuales de renombre mundial en Madrid, por iniciativa del Grupo, con el fin generar visibilidad para la problemática y para la labor de Proniño, el programa a través del cual Fundación Telefónica y movistar, le plantan cara al flagelo en Latinoamérica.
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